jueves, 23 de mayo de 2019

DESMADRE EN URQUINAONA


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Si tienes la mala suerte de que en uno de los pisos de tu bloque se tontee con la droga, lo tienes muy duro. Tampoco lo tienen fácil los nacionales cuando llegan y ven cosas que a otros muchos nos espantarían.                                                                                                         En esta misma semana, en Urquinaona, una ciudadana alemana se quiso meter un viaje en el cuerpo. Luego de hacerlo va al cuarto de baño a practicar sexo, que ya saben que no hay mejor triunvirato sexual que una bañera, un wáter y un lavabo después de endosarte un alivio narcótico.                                                                                                                             Cuando están en plena faena, la teutona y su lover adecentando el cuarto de baño con sus epiteliales, la moradora de la vivienda se  da cuenta de que le han volado 60 euros, unas pastillas de metadona y el teléfono móvil.                                                                                 No la reconcome un segundo la duda, sino que sabe que la culpa solo puede ser de  la que retoza en el baño tan a gustito porque siempre fue seguidora fiel de la dialéctica hegeliana.                                                                                                                            Entre chamuscada y peripatética, busca a su hijo por todas las habitaciones para que la ayude a dejarle claro( a esa criatura) que nadie se ríe de ella y menos en su casa.                    Entran en el baño como en el camarote de los hermanos Max, sorprendiendo a la pareja que dirime sus cuestiones carnales sobre el lavabo en postura no muy defensiva para lo que les cae encima, moradora e hijo con amenazas e insultos.                                                                Al parecer, según la víctima, les arremetieron con todo lo que se les vino a la mano, incluido un cuchillo con el que le rajaron el brazo. La sacan del baño a la fuerza y en la cocina intentan rematarla con un disco de pesas. Sí, han leído bien… un disco de esos de metal que usamos para levantar peso. El que lo levante. Ese. En la cabeza.                      Queda petada. Cómo no!!! Pero eso ya ven ( como el pollito que cayó en el excremento de vaca) es su salvación, porque al no verla moverse la dan por muerta y paran de zumbarle. Corre que se las pela, en pelotas casi picadas, a traspiés y con los vecinos alucinados como si fueran Carnavales fuera de fecha.                                                                                                      La moradora suponemos que en la huida la pondría de todo menos de “bonita”, pero el hijo( más dado a las extraescolares en su infancia) enganchó varias macetas para arrojárselas como si fueran discos- o jabalinas- en Olimpiadas caseras.                                                                                                    La alemana zigzaguea en la bajada,  que podía estar entonada con la droga pero la supervivencia manda y que le cojan y te corten un final feliz para darte somanta de palos, te abre con meridiana claridad las expectativas de continuidad vital que quieres en ese instante. Dicen que una maceta le impactó en la cabeza, que también es mérito del de las pesas, que estará todo el día el angelito sin dar palo al agua más que dispensar amor y salvoconducto a mamá, con las pesas arriba y abajo y los músculos en litigio con las ideas filosóficas hegelianas de la familia.                                                                                             Los vecinos a estas horas ya estaban a tope. Vamos estaría las criaturas a tope desde que cambio el censo de la vivienda integrándose esta ilustre comitiva.                                      Pero ese día en concreto con los gritos, las amenazas, los golpes y lo demás ya habían agotado las llamadas a la centralita de Comisaria de policía.                                              Cuando llegaron los Nacionales vieron el estropicio de macetas, la moradora y el hijo ya medio calmados, los vecinos en zapatillas, los ojos exaltados y la alemana en un garaje, casi desnuda como su madre la trajo al mundo , llorando a siete mares, llenita de cardenales y ensangrentada como si fuera Halloween.                                                                            Hay  incluso algún vecino( con ganas de guasa) que dice que cantaba por lo bajini un aria de Wagner. Lo más grande es que la cabeza la tenía llenita de tierra de maceta.                             Los nacionales detuvieron a la madre y al hijo restableciendo la paz en Urquinaona que era un obispo nacido en Cádiz que da algo más que letras de carnavales y alemanas corriendo cuesta abajo por las escaleras, mientras le arrojan ramos de flores con una maceta incorporada .

EL CLÍTORIS DE LAS DELFINES


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Definitivamente, el mundo ha cambiado. Desde que la Pantoja entró en Supervivientes, se nos quebró el invento. Ahora se habla de todo, a la vez que se esconden grandes secretos. O tenemos más ignorantes que nunca con los mayores medios para no serlo.      El sexo es cotidiano pero seguimos queriendo ese Amor de las películas románticas que nos inocularon en vena.                                                                                                                   Eso nos hace peculiares, como ese Juez de penales que dejaba a los apelantes penitenciando- en los pasillos de su Juzgado -a su libre albedrío.                                             El clítoris de las delfines no es sino época electoral, tener poco de lo que escribir y que pasamos de todo porque todo nos da igual hasta que medio Puerto salga ardiendo.                                                                Doris Day se nos ha ido con 97 años, cumpliendo las consignas del clítoris de los años dorados de Hollywood …Amor enlatado de guionista, galán maravilloso de película que luego en la realidad estaba tan adobado de secretos que murió desahuciado por todos , afectado por el Sida. Eran la pareja perfecta, como tantos que vemos por la calle y luego nos descubren que se separan para darnos bofetada de realidad con olor a clítoris estomacal saliéndosele de las bragas.                                                                                                              No hay fumaderos de opio para olvidarlo todo, para perder al dolor o la fatiga, para hacerte bueno con la nada y desaparecer a intervalos de vida. No hubo alfombras rojas, ni amigos fieles para Rock Hudson cuando dijo la verdad de su vida, sí cuando mentía. Doris Day ha muerto anciana, años después de que su gran amigo y compañero cogiera a la verdad por las solapas y confesara de qué se moría. Dijo que era para ayudar a los que aún no la padecían y llevaba razón…la verdad abre ojos y descubre realidades, anuncia tapetes mohosos de croché y parejas que nunca se han querido.                Sabemos que las delfinas tienen un clítoris interior que sí está donde debería, al menos al modo masculino para que ayude a la introducción de esos apéndices que te mandan como modo de presentación cuando quieren ligar contigo. Porque el mundo ha cambiado y ya no hay una tarjeta metida en un ramo de flores, ni dos besos en las mejillas, sino esplendorosos penes que te hacen sentir , no como una diosa sino como carnaza. Es lo que traen estos tiempos. Parecemos de saldo, con tanto oulet. No nos queremos cuidar sino vernos bien, no alimentarnos con sabiduría sino no engordar, no ser gordos, sino obesos. Si no tenemos Amor, tendremos sexo, si no charla interesante sí retuiteos. Amigos enlatados como las risas de felicidad de las comedias románticas de Day y Hudson. Besos de película para bocas secas de esperanza, corazones ciegos y mudos, gente que por no dar un paso se tira a la ciénaga. Desde que la Pantoja entró en Supervivientes las palomas llevan cuchillos y las madres matan a sus hijos. La sinrazón se nos ha tragado con papas y no nos hemos dado cuenta porque los carteles electorales mandan .


UN CUERPO MUERTO


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Un cuerpo muerto solo es eso, un cuerpo muerto. Da igual que esté en una playa paradisíaca a las doce de la mañana, porque tiene las cuencas ciegas y la piel arrugada sin que sienta la caricia del sol, ni el graznido de las gaviotas. No somos reyes -ni emigrantes ilegales- cuando caemos en barra libre, cuerpos inertes que buscan la nada. No me engañen con patrañas de que el otro lado es mejor, porque los universos paralelos son literatura fantástica mientras vemos a un subsahariano -boca arriba- custodiado por dos nacionales. Nadie tiene la culpa y todos la tenemos, pero no queremos darnos cuenta hasta que los titulares sensacionalistas nos invaden las retinas , inflamándonos de odio. Todos somos racistas, no se me rallen. Estamos en una sociedad bien puesta, que acoge con brazos abiertos llenos de pulseras de concertinas. Queremos el bien universal, pero no pagarlo con nuestros impuestos. Eso, los que lo queremos. La mayoría lo único que quiere es gozar hasta que el cuerpo aguante. No es mal lema, ya se lo digo. Porque para lo que nos queda, lo mejor es vivir a gusto y sin problemas que si dispensaran pentobarbital iban a estar las farmacias llenas.                                                     La vida es una travesía larga y complicada con Estrechos llenos de piratas emboscados, traficantes de  carne morena y arios -hijos de semíticos y árabes- dándoles la paliza.                                                  Todos somos amalgama, pudridero de ilusiones, carne de carnaza que descorazonarán los verdugos del tiempo para asentarnos en sillitas gemelas( idénticas en su pulcritud y ninguneidad) dándonos en embudos  de comer como a los patos del foie gras.                          Da igual acabar ahogado con los pulmones llenos de agua del Estrecho que en una cama de hospital con tubos por mordaza. El cuerpo muerto no se queja, sí el humano que lo envaina hasta la muerte. Ése pelea hasta que se ahoga y sufre e implora a sus dioses celestiales, que le hacen el mismo caso que a los familiares del terminal cuando rezan para que se lo lleve la muerte y no sufra más. Somos a imagen y semejanza de desquiciados que experimentaron con el ADN y les salió esto que no es sino tiburones en barrica de roble para hacer caldo sangriento. Somos violentos y exterminadores, plastificadores de todo el planeta y ,sin embargo, los amos de Monnalisas y Pirámides que no son más que piedra tallada por manos eslavas, llenas de llagas y desesperación. Cada monumento de piedra no es más que visión pasada de barbaridades y victorias parciales, escondedoras de derrotas aparejadoras de muertes y sufrimientos. Cada imperio oleada de guerra, cada paso por el Estrecho muerte asegurada. Llevaba hasta los zapatos puestos, porque ni nadó, ni resistió el embate de las olas. Se hundió como piedra de río en ese mar azul y gélido que dominan -pertrechadas en su sarcasmo- las mismas gaviotas que gustarían de saciarse con sus ojos, si las dejaran. Lo mismo por eso están mirándolo con tristeza los nacionales que embutidos en uniforme laboral y botas marciales disimulan el dolor de pies y lo mucho que sudan en malos ratos el cargo. Éste será uno de ellos porque no es de gusto ver las esperanzas desangrarse en la arena. Arena de playa que condena la vida, con la soledad de los muertos, las tumbas anónimas y los familiares rotos por la ausencia. Un cuerpo muerto es mucho más que un cuerpo muerto. Es una certeza, una amargura, un desprendimiento; Una soledad y una visión en el tiempo, porque todos seremos algún día cuerpos muertos. Todos, los que escribimos y también los que leemos. El camino es lo que nos diferencia. El miedo en los pantalones mojados, el pelo roído por el viento y el mar que nunca se sacia de cuerpos nuevos. Esperando está, como siempre ha estado, como siempre estará; Ahora ahogado- él también- en plásticos enormes que se ven desde  lejos y en las micropartículas que lo están matando a poco que se disuelvan. Qué imbéciles podemos llegar a ser, estos cuerpos que un día estarán muertos. Qué desgraciadamente idiotas. Qué perfectamente incrustados en nuestro propio mundo endogámico y lascivo, hecho de consumismo y quejas.

MATRACA


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La vida se cachondea de nosotros que nos creemos tan listos. Un preso se corta el cuello porque no quiere volver a la casa donde abusó de un menor, delito juzgado y condenado por el que ingresó en prisión por 20 años.                                                                    Estará más tranquilo entre esas cuatro paredes de las que muchos abogados de oficio reniegan como si fuera lepra. No es agradable, eso seguro.  Si no que se lo digan al que apuñaló el abusador, mientras departía en una ONG para quitarse malas ideas de la cabeza. Ese juicio aún está pendiente. Y es que la justicia es así, leeeeenta.                    Impaciente el preso liberado, que no redimido porque los abusos, las cuchilladas o las putadas que hacen los humanos a otros,  jamás prescriben.                                                          Se cortó el cuello cuando los funcionarios no lo dejaron pasar a lo que él cree su hogar, porque lo mismo es el único en el que puede dormir tranquilo, creyéndose el amo del cotarro o protegido en ese cuarto enrejado que a los demás nos daría claustrofobia. Pero es el sistema, que se compone de normas obsoletas, funcionarios cansados y mucha jerga. Si ha cumplido la condena, fuera. Aunque tengas cuentas pendientes que aún no se han dirimido. Él quería estar y seguro que ustedes creen que los demás- incluidos los más pequeños de su propia sangre- estaríamos más tranquilos con que se quedara dentro, pero la Ley está para cumplirse. Si ya no tiene nada pendiente, fuera. No fue un tajo muy grande (ni muy profundo) el que se metió en propia portería. Pero le valió para entrar de nuevo al redil perdido, porque los funcionarios de la puerta- que lo echaban con ganas- vieron que si no lo hacían, se les moría como en película americana de Halloween que ya saben que el cuello lleva torrente con ganas de darse a la fuga al menor resquicio. Tenía 13000 euros en una cuenta corriente, una ONG dispuesta a su ayuda y varios planes en el aire, pero estaba desesperado por entrar en esa jungla sin cristales sino con presos, convictos y prisioneros. Pero todo está en el color, porque…¿no somos todos presos de nuestro propio pensamiento, de nuestro prestigio, de nuestros nombre, de los que hacemos o decimos y hasta de nuestros seguidores ?,  ¿ No lo somos de los prejuicios, del dolor que nos infringimos, de la desesperación aliñada de frustración , del llanto o la risa?, ¿No lo somos de nuestros planes, nuestros proyectos y todas y cada una de nuestras fantasías? Él se cortó el cuello y se lo recosieron, hilvanaron trozos de epiteliales con identidad, vasos con puntadas finas  para dar lugar a una cicatriz más que lo hará respetado en el juego de tronos donde nunca se termina en silla. No es que me queje, solo constato y pienso en quien lo abusaron qué dirá cuando lo sepa. Lo mismo lo ha olvidado y ha pasado página por su bien, porque si no, lo mismo sueña con ser cuchillo y rebanar entero ese pescuezo.

lunes, 6 de mayo de 2019

LÍNEAS VERDES


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La DGT ha diseñado unas líneas coloreadas en verde que visualmente estrechan la carretera para inducirnos a reducir la velocidad. Van asociadas a radares y- por lo tanto- a multas. Dicen que el exceso de velocidad es el causante de tantas muertes en las carreteras, pero se equivocan porque los verdaderos culpables son los idiotas.                                                         Quieren los sabios de tráfico amaestrarnos al modo Paulov para que no hagamos sandeces de irnos de vareta a más de 200 kilómetros por hora. Pero lo tienen complicado porque la estulticia desgrava. No al modo fiscal, pero sí al hormonal, que no hay como una furgoneta clavada en mitad de una rotonda- a media mañana- para que estorbando y poniendo en peligro al resto( al que encima insulta vehementemente) el neandertal que la conduce esté más feliz que la Pantoja roncando.                                                                                                                   No es un chiste lo que se meten antes de ponerse al volante, quizás por las muchas horas que tienen que hacer para cumplir los encargos que todos hacemos por internet y que nos llegan casi en un suspiro, a cualquier hora del día.                                                                                No sé qué pasará cuando se extingan cajeros de supermercado, dependientes de gasolineras, transportistas y reponedores, para ser reemplazados por máquinas que no tengan derechos laborales, ni se quejen cuando un ingeniero les meta aceite hasta las trancas.                                                                                                                                   Es lo malo de nosotros los humanos… que nos quejamos, creyéndonos dioses que a modo de cucarachas fuéramos con nexo-esqueleto incorporado. Luego lo adobamos de frustración y una pizca de rabia. Nos ponemos a los mandos de media tonelada de metal y vamos dando tumbos hasta que nos encontramos a alguien que solo quiere cruzar una rotonda a media mañana.                                                                                                                                        Recuerdo el caso de una persona que iba a juicio,  porque andaba a la gresca con su empresa. Este hombre se levantó muy temprano en una punta de la Bahía, atravesándola para llegar a su trabajo serpenteando la autovía que cruza por uno de los lugares más maravillosos que existen…El Parque natural de los Alcornocales. En un determinado sitio tuvo un accidente y se mató. Siempre pensé que iba tan ensimismado en sus problemas- tan desesperado- que no pudo evitarlo.                                                                                                            Lo mismo los que nos incordian, los que nos pasan (rezando nosotros sin ser creyentes, porque no nos han impactado al modo de meteorito por unos centímetros) van también a la fuga de su vida. Sin darse cuenta de que esos segundos son vitales para terminar en un geriátrico ensuciando pañales.                                                                                                No sé si vivir tan rápido es vivir bonito, pero no quiero que me aplasten hierros vehiculares. Prefiero las vistas de la Bahía desde una poltrona o tener la capacidad suficiente para saber apagar mi propio botón de encendido, después de musitar un “buena vida” a mis allegados.                                                                                                                                 Las líneas verdes están muy bien, porque deberían poner cordura en los que creemos que la vida importa, sin mirar la de quién, solo deseando volver a casa porque los nuestros dependen de eso para continuar el siguiente asalto. Lo malo son los idiotas para los que lo verde solo es un color, las líneas un sinsentido y la DGT un guardia civil con una barrera que le pide su documentación, acercándole una pipeta de plástico en la que le dice que sople. Lo mismo en ese instante crucial en que nosotros pasamos, ese idiota que nos tocaba en la ruleta rusa esté apalancado dando explicaciones de por qué tomó eso y tanto. Cuántas veces nos han salvado la vida las líneas verdes invisibles del destino, cuántas nos hemos quedado de piedra mientras Medusa en Toyota nos embestía por la derecha sin darse cuenta. No podemos quejarnos de nuestros instintos de apartarnos de un coche abollado, ni de lo rápido que vemos lateralmente, tampoco de la suerte que no dura para siempre. Los idiotas sí. Esos se regeneran como los eslóganes de los políticos, sus ansias de poder o lo poco que les importan los ciudadanos que van en sus coches cruzando una rotonda cuando un neandertal decide pasar -antes por sus narices -con su camioneta de reparto.


EL REY DE TAILANDIA Y YO


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Han descubierto una nueva demencia que antes se consideraba Alzheimer. Es la vida que no sabe cómo librarse de nosotros y nos manda plagas que escupimos en su chepa. Somos indestructibles como especie, nocivos incluso para nosotros mismos. Ya no les digo con el Planeta.                                                                                                                         El que será coronado en breve como Rey de Tailandia lo sabe, porque tiene tres carreras y cuatro esposas, aunque solo la última va a ser coronada como Reina.                                                                                                                         Las mujeres nunca ejercemos ese poliamor al modo tailandés, ni nos imaginamos a la Princesa Leonor ostentado cuatro consortes cuando le llegue la edad.                                                                                                                                                            La vida es intricada y laberíntica, puñetera y esquiva con muertes sentidas y nacimientos escasos. Sin embargo, nos puede en intensidades, desmanes y tropelías emocionales que nos dan esa bocanada de oxígeno anímico, necesario para perdurar. Supongo que Casillas se creía inmortal y ahora se piensa que solo ha sido un susto, pero es la vida que gusta de dar collejas para advertirnos de nuestra caducidad. Deberían llevar a los críos a los geriátricos a departir con los abuelos. Sería una lección impagable para los primarios y alegría para los casi centenarios que ni tienen voz en un mundo que no está hecho para perdurar, sino para gastar a manos llenas. Las arrugas, la mayor edad, el desapego, las frustraciones y las canas no son dignos de portada de ninguna revista, sí los apaños conyugales, el enchufismo visual y los casoplones que se venden cuando el efectivo ya no da más tregua. Hemos echado una carrera a la Luna y se nos ha volado el satélite, porque apuntaba a Marte donde los aires son remilgados y el polvo etéreo. Ni siquiera las tres carreras del Rey de Tailandia le socorrerán cuando sus cuatro consortes se hagan amigas. Tan imposible como que una paloma sea capaz de portar en el pico una rama de olivo, cuando no son más que proveedoras de guano y arrullos roncos como gemidos de solitario. Todos seremos dementes si vivimos lo suficiente, si las arritmias no se nos arriman al corazón, ni nos da una válvula obstruida el pelotazo de nuestra vida, como la primera olla exprés que estrenó mi abuela en pleno techo de la cocina. Porque estamos adobados de retazos de memoria, siendo programas informáticos saturados de datos, ralladuras y ansia de ese amor que solo rozamos con los dedos, llagándonoslos de gansas. Pobres de aquellos que tienen que bailar al ritmo que les marquen con zapatos de tacón afilado que se clava en el alma que no tenemos porque no es más que oscuridades, llantos y deseos diarios y encarados, como el Levante en la Bahía abierta a todos los mares. El Rey de Tailandia hubiera alucinado con mi abuela en sus buenos tiempos, mujer brava y poderosa, sin miedo ni llantos. Alucinarían los críos de instituto hablando con la Historia cara a cara, con los cuerpos lastrados por el tiempo que no conocen límites más que los físicos que marca la mamona de la vida.

RELACIONES GUILLOTINADAS


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Nadie sabe todavía por qué el alemán asentado en Tenerife mató a su mujer y a su hijo mayor. El pequeño, ante la agresión, corrió por una zona inhóspita y agreste hasta que se topó con alguien que lo llevó a la policía. Ya a salvo, narró cómo había matado su padre a su madre. No le han dado mucha cobertura a este caso en Alemania porque no entienden la violencia machista como un mal extendido. Tampoco que haya roles asumidos tan integrados en nosotros mismos, que deberíamos arrancarnos la piel a tirones para desincrustárnoslos. Es difícil, ya se lo digo. Ramallo, eminencia en lo suyo, ha visto como la despojaban de la custodia de sus hijas adolescentes al separarse del padre, aduciendo la sentencia que es una mujer que trabaja mucho. Su propia madre ha declarado en su contra, explicando que pasa poco tiempo con las crías cuando no tiene porqué trabajar al ganar su marido mucho dinero.                                                          Los roles es lo que tienen, que se enganchan al cuello no dejándonos respirar como una constrictor. Los mensajes subliminales que recibimos andan anclados en el tiempo, llamándolos los entendidos “micro-machismos”. Conozco casos de separaciones donde el padre pierde la compartida porque la madre no trabaja y encima se topa para no lograrla con denuncias de malos tratos, de desatención o abuso de su propia hija. Pues eso le ha pasado a Ramallo al buscarse un nuevo compañero tras la separación… denuncias de maltrato, de abandono de sus hijas y de abuso de una de ellas por parte de su nuevo compañero…Todas ellas desestimadas. Es una guerra no de roles, sino de botín cárnico porque consideramos a las personas como territorio por conquistar, posesiones más o menos valiosas de las que presumir o encerrar para que no nos las roben.                                                                                                                                         El alemán que cambió la vida de su hijo de 5 años para siempre , matando delante de él- a golpes- a su madre y su hermano de 10 se llama Thomás, como ese trenecito bonachón y con cara de haber bebido rosado que encantaba a mi hijo mayor en preescolar. Este Thomas tuvo la sangre fría de llevarlos a una cueva perdida para empezar a darse festín de sangre con los golpes que propinaba. No se borrará el horror en la mente de su hijo( sobreviviente) jamás. Tampoco el rencor de Ramallo hacia los que la privan de una parte de su vida por no doblar la rodilla y rendir vasallaje a la maternidad, la entrega y el sometimiento al rol que asumimos cuando parimos. Madre es una palabra que engrandecemos con sudor, lágrimas y mucha paciencia. Sus hijas (13 y 17) están mutando en mujeres del mañana, asumidoras a su vez de los conceptos de abandono y desatención maternal porque la suya ha osado priorizar trabajo o carrera profesional. Habrá más, muchas más. Cuesta mucho llegar para que nos lo quieran arrancar de las manos. Cuesta morir, nunca matar. Si no que se lo digan al alemán con cara de trenecito ebrio de sangre.

MADRES EN GUARDIA


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Tenemos cuidado con nuestros hijos rondando la paranoia, pero luego un mal día la niña pequeña se nos queda ciega en el colegio y nos llaman sin que sepamos qué ha ocurrido. De esta manera tan terrible, una madre separada vio como de la noche a la mañana su mundo se desmoronaba, porque sus hijas habían sido abusadas.                                                         No se le dio la solución tan rápida, sino que llevó tiempo (y mucho sufrimiento) dar con la clave de lo que había ocurrido.                                                                                                   La ceguera de la cría no era más que una manifestación de la presión mental a la que estaba sometida por los trastornos que le había causado un octogenario que abusaba de ella- y su hermana- cuando iban a visitar a su padre.                                                                Puedo entender la rabia, la frustración y la impotencia de esa madre que arremetió contra el causante de los males de sus hijas. Puedo entender que pidiera cárcel para el padre por consentirlo en el tiempo que tenía tuteladas a las menores. Puedo entender la sentencia que lo exculpa porque no lo sabía, ni pudo hacer nada para evitarlo. Pero aun así, las dos menores fueron abusadas durante dos años en la casa de su padre,  mientras el octogenario (familiar lejano del progenitor) hacía arreglos en la piscina.                             Hacemos lo indecible por salvarlos, cuidarlos, allanarles el camino y aun así nos los hieren casi de muerte.                                                                                                                   Las niñas han debido pasar por mucha terapia para contar lo que sucedió. Por más aún, para intentar superarlo. Todo por un malnacido al que han condenado por 16 años de los que no sabemos cuántos cumplirá.                                                                                             La vida es muy injusta. Pero para algunos mucho más. Las niñas tenían 8 y 11 años. Verían “la patrulla canina” o esas estridentes películas todas rosas y almizcle. Pero la normalidad se rompió porque alguien pensó que su voluntad era más importante que todo lo demás, incluido el bienestar de dos crías.                                                                    Es duro vivir entre espinas, cargada la conciencia. Deberían escuchar los testimonios de las víctimas de los pederastas parroquiales, años después cuando ya su raciocinio les permite denunciar, porque la impunidad, la superioridad y el silencio es en lo que se apoyan los miserables. No puedo dejar de pensar en esa madre cuando llegó al colegio, asustada por lo que le decían. Sin saber a dónde acudir porque la hija se le había quedado ciega cuando esa mañana veía perfectamente. Y luego cuando se supo la verdad, poco a poco deshilachada como si te sacaran las tripas a jalones, arrancándotelas a la fuerza, recordándote esa mano arrugada metiéndose en ti, en tu mente, en tu cuerpo, en tu vida; Agarrándote del cuello cada noche cuando te enfrentas a los fantasmas de la oscuridad. Eran muy crías  en manos de un miserable, sin protección alguna, sin custodia, ni vigilancia. Entiendo a la madre en la que se confiaron, entiendo su dolor y su furia ciega. Veo cómo anidaría el rencor, el fuego, la desolación y el llanto. 16 años y dos días no borran todo eso. Ni siquiera que el desgraciado muera en prisión. Nada borra la perdida de la inocencia, la seguridad, el bienestar que te da esa zona de confort donde eres niña para ver episodios de dibujos animados, despatarrada y con las bragas blancas asomándose por debajo de la falda. Tenían derecho a su propio cuerpo, a su adolescencia conflictiva, a conocer su desarrollo a pie de meses, pero se lo arrebataron a manotazos, a lujuria contenida (como reclama la sentencia) en casetas de piscina y salones de voz baja. Nada extingue la culpa de la madre, las pesadillas de su padre, ni la mala relación entre ellos, porque ella nunca le perdonará que no viera, ni el que lo acusara de omisión en la custodia de sus hijas. Nada volverá a ser igual para ninguno, ni risas infantiles que fueron sesgadas, ni confianza en la ancianidad, ni entre la ex pareja, ni entre padres e hijas. Todo se mancilló con manos arrugadas y sucias, con palabras desagradecidas, con ausencias prolongadas y una ceguera que no quería ver la luz dela verdad porque dolía demasiado.

martes, 23 de abril de 2019

MAR DE NARÓN


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María José mató a su madre asfixiándola. La descubrieron los de la Comisión Judicial cuando iban a practicar un desahucio. Llamaron al cerrajero que se encontró con la anciana muerta. Estaba acompañada por dos perritas que serán ajusticiadas sin culpa como pasa siempre con los animales a los que dejaron sus dueños humanos.                               La hija ha confesado que le puso una almohada en la cara, aunque no quería matarla, solo callarla porque estaban discutiendo por el desahucio. Tras hacerlo huyó, escribiendo antes una carta que los que la encontraron pensaron que era de suicidio. En la misiva daba instrucciones para que llevaran al párroco de Narón una foto de sus antepasados y para que cuidaran a las dos perritas. También explicó que no había perdón por lo que había hecho, por lo que pensaba echarse al mar. Sin embargo, al tiempo, se ha entregado en una Comisaría de Málaga, sin mal alguno, ni daño aparente. No tragó Atlántico, ni tampoco Mediterráneo, aunque sí viajó sus buenos kilómetros en un autobús de esos en los que compartes espacio vital con gente anodina y extraña que te reduce a la cosificación más brutal, dándote por primera vez sosiego en tu vida.            Los vecinos de la finca se han puesto a fabular tras el suceso, porque madre e hija eran muy diferentes. La primera activa y sociable, frente a su hija esquiva y reservada. María José dejó atrás los comentarios de los vecinos mientras las ruedas del bus giraban. También a su madre, las perritas, las fotos de los antepasados y todo lo que hasta aquel momento había sido su vida. Lo desdeñó sin culpa como lo hacemos con la negrura del cabello, las redondeces infantiles, la ansiedad por encontrar quien nos quiera o con la arena que acumulan las suelas de los zapatos sin que importen a nadie. Nos comprimimos en nosotros mismos. Nos hacemos punto sin retorno hasta que un día todo cobra sentido porque ya nada lo tiene, ni la voz de tu madre, ni tu fracaso, ni las pastillas , ni el mar de Narón que nunca tuvo más que calles grises, tejadas por un cielo zozobrante de tristeza y opacidad. María José no quiso matar a su madre sino acabar con su rutina, huir del desahucio de su existencia y hundirse en el mar de Narón que no es sino de asfalto, de piedras estafadas de vida por la indiferencia, el hastío y la desgana.                                                       Las perritas no sentirán más esa mano que las acariciaba, ni María José la voz ahuecada de su madre recordándole quién es. Las presas le dirán en qué se ha convertido, carne de presidio, de aflicción y soledad ya eterna, porque a nadie tiene. Casa de Bernarda Alba sin sombra masculina, todo el destino convergiendo en la fatalidad de esa cerradura que se gira para encontrar a una difunta de película en blanco y negro, amarrada a una manta con dos perritas escoltándola hasta la última parada.

LA FELICIDAD, JAJA JA JAJÁ


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Carlos lopez- Otín cree que podemos precisar la felicidad como hacemos con la talla de calzado. Claro que para él, el ÁDN, no es más que producto clasificable en un microscopio. Fue uno de los primeros científicos en desmenuzarlo y decir por qué éste sí y aquel no. Aún no han llegado a saber quién enfermará y quién no, pero denle tiempo porque ya hay unas gemelas chinas que han nacido luego de reprogramar su ADN. No me asustan las consecuencias morales del invento, sino que me coge mayor para experimentarlo en carne propia.                                                                                              Lopez- Otín cree que se podría reformular la felicidad extirpado lo oscuro de nuestra secuencia genética.  No lo dudo. Más bien, me jode un ápice. En el mundo del pastilleo que vivimos que solo postulamos por los logros unitarios sin importarnos el culo del vecino, la felicidad inyectada en vena no creo que sea más que otra película de tarde de domingo. No soy muy religiosa, ya me conocen. El sentido crítico ( más conmigo misma que con nadie) me lleva a pasajes oscuros, antagónico al biólogo molecular que fue prodigio en su campo recomendado incluso por Severo Ochoa.                                      El mismo Otín confiesa que ha sido feliz hasta que los compañeros de Universidad empezaron a hacerle la puñeta y en eso radica la felicidad, en que los adláteres estén quietecitos. Esa es la fórmula del millón de euros para tener estabilidad permanente.                                No necesitamos secuenciar  el ADN, ni cambiarnos por otro con sonrisa Mona Lisa, sino que no nos joroben la existencia. Les habrá pasado como a mí, que se levantan por lo general intentando tirar de la cuerda y muchos días se acuestan con ella, rodeándoles el cuello por mucho que pelearan .                                                                                                   Me niego a pensar en el ADN como causa de todos nuestros males societarios. Más bien, me decanto por los idiotas universales, una plaga más dañina que todas las de Egipto juntas,  porque siempre están presentes en los dos bandos de la batalla. Así seguimos y así seguiremos si el diablo no nos recoge y nos da una vuelta de tuerca, que ni Lucifer es feliz desde que perdió un recurso contencioso administrativo con la Cúpula, aunque tenga un patrimonio en torturas y sometimientos que harían dichosos a muchos.                     Otín cree que nos puede cambiar desde dentro haciéndonos felices a granel sin que nos afecten las circunstancias personales, ni la frustración,  ni la pena, ni el desasosiego.   No es mal propósito para una vida. Lo que no estoy tan segura es si yo lo querría.           Nos hacemos grandes con los sufrimientos y el dolor, nos crecemos a costa de ellos, conociéndonos a nosotros mismos. Hemos enseñado a niños a transformarse en emperadores todopoderosos , a adolescentes a creer que todo les está permitido, ¿ y ahora mutaremos el material genético para hacer más feliz a la Humanidad?.                                        El otro día falleció un anciano encantador. Su viuda me decía que no estaba tan afectada porque tomaba pastillas contra la depresión desde un tiempo antes del deceso. No abogo por la tristeza, simplemente la veo natural. Podríamos mutar a los embriones para no tener uñas, así no tendrían que cortárselas. Avanzamos a pasos agigantados para correr al precipicio de nuestra propia insignificancia, atiborrándonos de medicamentos para llevar una sonrisa permanente colgada del alma. Queremos ser mejores y nos tejemos alas de papel que se quemen al menor rayo de luz. Estábamos en las cavernas… pobres, tontos, ciegos y hambrientos y ahora queremos ser felices a perpetuidad, sin duelo, ni dolor, sin que nada nos rompa, ni llague.                                                                                                                                       Gente feliz yendo al trabajo, parados emprendedores de nuevas actividades, porque no queremos sufrir la decepción, la frustración o la agonía.  Estoy segura de que podrán incluir esa felicidad en el ADN de los futuribles, lo que no estoy tan segura es que les vaya a hacer más humanos, ni mejores personas. Lo mismo lo único que contabilizamos es un mayor aumento de numerarios, en la plaga de los idiotas universales.

miércoles, 10 de abril de 2019

VERTE MORIR

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Cuando una enfermedad terminal entra en una casa, cambia a toda la familia. Se cuela por grietas y rincones, anida en el pelo, en la ropa y en las ventanas. Quita el brillo a la luz del sol y hace que las conversaciones solo giren en torno a ella, porque se vuelve codiciosa y posesiva a medida que va acelerando el paso. Lo sé muy bien. Siempre he sido consciente de que la vida es perecedera, pero nunca pensé que fuera a mí la que me tocara quedarme, mientras que lo que más quería se me escapaba de entre las manos.            Es muy duro ver morir, pero aún más querer que esa persona muera para que no sufra más. Es mil veces peor que la muerte,  la agonía, el dolor, o que esa persona luche como un Titán y aun así que termine abatido por un rayo.                                                                                  Mi marido no quería morir, sino que quería ser de esos que salen en las revistas y en los comentarios dando las gracias por el apoyo recibido porque con él,  habían sobrevivido. Una de las primeras cosas que hizo cuando enfermó fue crear un grupo de wassap para que le apoyaran. Y vaya sí lo hicieron…le mandaban chistes y mensajes alentadores. Hasta que llegó a un punto en que el cáncer se lo comió todo, hasta eso. Lo vimos convertirse en una sombra de sí mismo, vagando por la casa como alma en pena. Las manos temblorosas y -por primera vez en su vida- la mueca del miedo sembrada en su cara. Una noche me lo confesó, muy quedo para que no saliera de los pliegues de las sábanas…tenía miedo al dolor, no a morir. Yo en cambio tenía miedo a todo… a lo que decían en internet de ese tipo de cáncer, a las posibilidades y probabilidades matemáticas que nunca se me habían dado bien y que ahora nos iban en contra. Realmente tenía miedo a todo, hasta que los jodidos dioses no existieran cuando más falta nos hacía para poder ayudarnos mágicamente. Aún sí, los humanos somos tan apegados a lo material que nunca creímos que se moría delante de nuestras narices. Había tanto dolor en todo el proceso, tanto desgaste físico, tanta fatalidad que podíamos haber abierto los ojos, pero no, seguimos pensando que ganábamos esa batalla que no lo es, en esa guerra que no existe más que en nuestra cabeza. Durante ese tiempo, el silenció penas y amarguras porque siempre fue león fiero, pero sobre todo buen marido y mejor padre, soportando con gallardía llagas, laceraciones, endeblez y fragilidad en un roble antiguo que no se daba por venido , ni cuando la tierra se le removía bajo sus raíces. Aguantó lo que pudo porque quería vivir, tanto y con tantas ganas, como cualquiera de los que tienen enfermedades que solo merman lo físico pero no la facultad de pensar. Quería ver a sus hijos crecer, viajar, comer, hacer miles de cosas que siempre habíamos pospuesto para mañana. Cuando lo ingresamos ya estaba muy mal. Luego me confirmaron que estaba terminal y que el fin era inminente. Quise que no sufriera más a pesar de que eso significaba que se iba, algo que no concebía mi mente, que aún no ha entendido porque le busca en los suspiros del alba, los truenos y el primer rayo de sol. Ver morir no es fácil. Ayudar a morir tampoco, pero sí necesario. Porque van a morir, pero aullando como lobos apaleados. Mi marido estaba así, sufriendo lo indecible, crispando las manos en una petición de ayuda que no llegaba porque la agonía es nominativa y no entiende de empatías. Ese día me costó. Meses y años. Noches de no dormir y días vagando tras la sombra del que se fue, convertida yo misma en otra alma en pena. Luego empecé a perdonarme con la misma levedad que él me acariciaba. Con el amor que daba a manos llenas. Entendía que era lo que había que hacer porque no podemos hacer sufrir a los que amamos. No podemos dejarlos en la estacada cuando más nos necesitan. Fue rápido. Siempre he pensado que demasiado porque soy tan egoísta que prefería tenerlo que vivir sin él. Pero él no lo merecía. Nadie lo merece. Nadie ese sufrimiento, ese dolor inhumano deshaciéndote lo que eres, lo mucho que luchaste. Aun hoy, con la claridad que te dan los años que pasan, duele. Escuece la ausencia, lo que tuvo que pasar para morir o que no fuera de esos que sobreviven para que presumiera de ello.

lunes, 1 de abril de 2019

AMOR DE MADRE


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Cinco años de dolor por cinco años de condena. Esa es la pena impuesta por la Audiencia Provincial a una madre toxicómana por prostituir a su hija con tan solo 8 años. La madre consumía delante de la niña, compraba los estupefacientes con ella y traficaba con su cuerpo- delante de ella- para conseguir dinero.                                           Cuando tenía 8 años debió pensar que a ese cuerpo pequeñito e indefenso se le podía sacar rendimiento, así que la desnudó y la puso al servicio de sus clientes.                            Los Servicios Sociales no se dieron por aludidos hasta dos años después. Imagínense, dos eternos años después.                                                                                                         Como solución mágica al problema, la enviaron a una Residencia de lunes a viernes y el sábado y domingo los pasaba con su abuela. En esa residencia ya manifestó que era “una puta desde que tenía 8 años”.                                                                                          Cuatro años después volvió a convivir con su madre. Fue tan atroz la experiencia que ella misma, ya con 13, acudió a Servicios Sociales, dándole entonces su tutela a Protección de menores.                                                                                                           NO lo entiendo, saben. Sí, lo de que una toxicómana no puede ser una buena madre, ni cuidar de sus hijos. No porque no quiera, sino porque es una enferma y no puede. No entiendo que Servicios sociales no interviniese, ni que las alarmas no saltaran para que una cría no tuviera que vivir en el horror de la prostitución y las drogas por dos años seguidos. No entiendo cómo desde ese momento no se la aparta de ese círculo vicioso, porque esa abuela a la que le conceden la custodia de  fines de semana no la salvó de la quema. Tampoco la protegen Servicios sociales cuando vuelve con su madre, que no ha cambiado y sigue drogándose y prostituyéndose. Sinceramente no entiendo nada, más que la droga empobrece, mata y devalúa todo lo que toca. Ni hijos, ni vida, nada, solo la ruina, la muerte y la desgracia, incluso para los que más quieres. Si realmente los quieres, porque lo mismo solo son botín de biología, porque parir lo hacen hasta los animales. Debería trazarse una línea indestructible para separar lo que es la biología y la genética y lo que es ser madre y cuidar.                                                                                                    Tenía solo 10 años, maldita sea!!!! No merecía que se la llevase a una Residencia por no separarla de los vínculos familiares. No merecía estar encerrada porque solo había cometido el fragante deliro de nacer en un mal hogar. Deberían haberse afanado en buscarle casa, en proveerla de una familia que la hubiera entendido para que cuando cumpliera los 18 le siguieran dando unos lazos reales de confort , de seguridad , de libertad divina para buscarse un futuro digno donde la prostitución y la droga no fueran carta de presentación.                                                                                                               Han estropeado una vida preciosa, por no importarles criaturas que son más que números en los expedientes administrativos, carne de cañón de abogados de oficio y un juicio más para letrados y personal de los juzgados .                                                             La niña se hizo mujer con solo 8 años entre manos sucias de barro. Espero que la vendiera bien, la madre amorosa. Lo único que lamento es que antes de hacerlo no hubiera comprado la mejor droga para haber llegado al cielo de los que venden carne de niña a cambio de heroína inyectada. No era su culpa, lo sé. Era el lenguaje que hablaba, sexo a cambio de dinero porque la adicción tira y se mete en los huesos, la sangre y la médula. La niña estaba sentenciada antes de nacer. Niña muerta sin tener que ser abortada. Niña carroña, niña desposada por viciosos sin escrúpulos que no son más que intermediarios del drama. Mojones de camino sin asfaltar, guano sin compuestos orgánicos. Le han caído cinco años a la toxicómana que fue madre biológica. Ninguno a los pederastas, a la Administración, ni a los que miraron para otra parte,  viendo entrar en la casa a esa ralea. Nadie le devolverá nada de lo que le robaron , porque nunca le importó a nadie. Niña robada en el tiempo de descuento, hija de la heroína y el asalto a la inmediatez y el hastío. Una vez más hemos caído lo más bajo, para no levantarnos jamás.